El vino, el ron y las circunstancias del tiempo

Por Noel Otaño


Era una  noche  de  domingo  en Puerto  Príncipe, Haití, y   el  día transcurría sin muchos acontecimientos importantes. Habíamos  decidido  hacer  un alto en el seguimiento  constante  de las  noticias  de  este convulso  mundo nuestro para dedicar  un rato a   cosas  más triviales.

Un amigo  Argentino, médico epidemiólogo  que  residía  con nosotros en  la casa, trataba  de convencernos  de  las  supuestas o reales  bondades  del  buen vino argentino  por sobre  el sabroso  ron  cubano.

Argentina  es  el primer   productor   de vinos en Latinoamérica  y uno de los primeros  a  nivel mundial. Esta   bebida  constituye  un elemento básico  en la gastronomía  del país austral. Y  aunque  nuestro amigo  era  un experto  no  solo  en defender su patrimonio culinario sino  también en degustarlo. “Quien al  mundo  vino  y no  bebe vino ¿Para  qué  vino?”, era un viejo  refrán que  solía  repetirnos y que yo ripostaba con un verso anónimo… “el vino suele sacar cosas que el hombre calla”… Aunque, para ser justos, nuestras   conversaciones  siempre  culminaban   disfrutando  la bebida  preferida  del archipiélago antillano.

Casi al anochecer   y  en  la  calle  aledaña  al  destruido Palacio  de Gobierno Haitiano, donde residíamos,  podía  escucharse   música, cantos y  alegría, algo  contrastante  con   el clima  de  muerte  que había  en el país  por la  terrible  epidemia  de cólera  que  causaba  miles de muertos  en casi  toda la nación.

Una llamada a mi celular cambió la  rutina  del día. Jean Claude  Duvalier, el apodado Baby Doc, el responsable  por  la muerte y  desaparición   de  miles de  personas, el  terrible Dictador Haitiano  que  había dado poderes  insospechados a  los  llamados Tonton Macoute, una especie   de  policía  política responsable de la muerte  de  miles de  sus compatriotas, estaba  de  regreso  al país. Quizás  para  caldear, aún  más,  la  tensa situación política  y social que enfrentaba  la nación caribeña o  quien sabe  sí  su   irresponsable regreso era  una jugada  bien  preparada  por  los  enemigos  de siempre.  Afuera, algunos haitianos   callaban  y  otros celebraban;  tal vez  porque  cualquier vía  puede ser buena  cuando no  se tiene un  camino claro.

Como periodista  nos   dirigimos  a la  calle, poniendo el deber profesional  por encima  de las  normas de seguridad  que aconsejaban a  esa hora de la noche estar bien resguardado. “Ninguna  Agencia  me va a  dar  a  mí el palo periodístico”, me dije, y salimos  a  tomarle el pulso  a  la  calle, a conversar  con  la gente  y a buscar historias   que contar en  medio  de  una  noche como no  había visto  otra en la tierra de Thousand Loverture.

En medio  de la euforia se armó  una discusión entre los partidarios  del regreso,  que no  eran  pocos, y  los  que  se oponían a la  inoportuna  segunda parte  de la terrible historia, algunos tiros  sonaron y en la confusión todos  salieron corriendo  y  nosotros igual tratamos de llegar  a la casa  en medio  de  una balacera  nocturna que  nadie  sabía  de donde venía.

Unos corrían en dirección  al  viejo hospital  cercano  para  resguardarse, otros  al destruido Palacio  de  Gobierno, mientras  algunos  se ocultaban tras los árboles. Nosotros corrimos  hacia  nuestra  casa que  por suerte  estaba  bien cerca  esquivando  en la noche  los  tumultos  de personas   y los disparos sin saber  de donde  provenían. No sin tropiezos logramos entrar a  nuestro hogar,   ya resguardado  por  agentes  de seguridad.

“¡Mirá ché!”, me dijo el amigo argentino, “Si  vos  me hubieras  hecho caso  no  habríamos pasado  este susto… el ron lo complica todo, el vino  es más  calmado”.

Hasta hoy trato de seguir al pie de la letra el consejo de aquel amigo que conocí en circunstancias tan excepcionales: vino  para cuando  hay  tensión,  y ron para cuando reina la calma.

 

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