Nuestra solidaridad como coraza

Foto tomada de Prensa Latina

Quizá no haya en el mundo  suelo tan fértil como el cubano para que florezca la solidaridad. Tal vez porque quienes aquí vivimos aprendemos desde pequeños, junto a las letras y los números, que el nosotros siempre debe estar por encima del yo. La única manera de vencer nuestras estrecheces es juntar lo que tenemos… he ahí una verdad como un templo. Debe ser por eso que muchos extranjeros tienen para la pregunta ¿qué es lo que más te gusta de Cuba? una respuesta invariable: la calidez de su gente.

En el Círculo Infantil compartimos los juguetes; en la Primaria la goma y el sacapuntas; en la Secundaria y el Pre las casas de estudio, los quince colectivos, la comida que nos traen de casa con quienes no recibieron visita. En la Universidad la computadora para defender la tesis; en el trabajo el buchito de café o la sombrilla en días como estos en que no para de llover; por la cerca poquitos de sal, dientes de ajo, un trozo de calabaza; basta un guiño para ponernos de acuerdo: “tú pones el dulce y yo pongo el queso”. Orgullosos, unas veces, temerosos o inconformes otras, compartimos también médicos, combatientes, maestros, para hacer del mundo un lugar mejor.

Alguien se levanta a tu lado en una reunión y sin siquiera preguntarte propone en nombre de todos dar 20 pesos del salario para la compañera de trabajo que tiene a la hija enferma. Y por supuesto que te hubiese gustado que te consultaran, pero qué bueno saber que en medio de nuestros conflictos, que no son pocos (estirar el salario hasta fin de mes, hacer el milagro de las tres comidas diarias, la guagua, la cola, el par de zapatos del niño) haya tiempo para pensar en los más necesitados, y lo mejor, qué bueno que la gente que te rodea sepa de antemano que tú también quieres ayudar.

Y en momentos de luto como los que hemos estado viviendo  a  causa del funesto accidente aéreo, es la solidaridad lo único que logra, en alguna medida, llenar el agujero en el pecho. Ciertamente no hay manera de revertir la muerte, pero un abrazo afectuoso, una mano en el hombro, la complicidad del silencio, los rezos y las velas aún cuando no conozcas a nadie de los de abordo, habla mucho del alma blanca de esta nación.

Por supuesto que también hay excepciones, gente a la que el otro le importa un bledo y no ven más allá de sus narices, que priorizan captar la imagen para difundir que tender la mano para salvar, pero esos son los menos… hay muchos más, el doble, el triple que prefieren tender la mano salvadora.

“Se necesita ahora más que nunca, templos de amor y humanidad que desaten todo lo que hay en el hombre de generoso y sujeten todo lo que hay en él, de crudo y vil”, nos recuerda el siempre visionario Martí.

De seguro habrá días, me ha pasado, en que odiarás la sinécdoque en su acepción de sustituir la parte por el todo. Muchas veces te cansarás de andar en cuadro apretado y no querrás ser más la plata en las raíces de los andes, querrás ser tú y pensar en ti, en tu vida, en tus proyectos… pero eres cubano y eso pesará más… el sentimiento de que ninguna alegría o pena de los tuyos te es ajena lo llevarás contigo a cualquier lugar en el que decidas instalarte en este mundo, y como mismo lo heredaste de tus padres, lo legarás a tus hijos y nietos.

Y entonces volverás a estar ahí recogiendo ropas para los damnificados de un huracán, o haciéndole una sopa a la vecina enferma o llorando los muertos y las pérdidas ajenas como si fueran propias…y cuando seas tú quien flaquees entonces los otros esgrimirán para protegerte esa coraza que nos hace invencibles llamada solidaridad.

Porque ser cubano es justo eso: juntar nuestros poquitos, nuestras roturas exteriores e interiores, nuestra alegría y nuestro dolor, para que se multiplique lo bueno o para que lo malo toque a menos. Ser cubano es un estado de propensión a la solidaridad, que se convierte en virus…y es contagioso… y del que no se cura uno jamás.


Por Yuliet Calaña


 

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