/Se parece a una magia

Se parece a una magia

 

Llegué a la parada y enseguida acaparó mi atención aquella niña de ojos que hablaban, envueltica en carnes, con una deliciosa sonrisa y una cara salpicada de pecas, como minúsculas grageas embelleciendo un cake.

En medio del tumulto, el calor y la ansiedad por la no llegada de la guagua, resultaba todo un espectáculo verla devorando un paquete de galleticas, como si le fuera la vida en ello. Su mamá, con porte de bailarina, cejijunta y molesta por algo, la sujetaba con una mano y con la otra aguantaba un segundo paquete. Aposté para mis adentros: a que se lo pide cuando termine…y no me equivoqué.

La madre, con malas maneras, le dijo que no. En ese momento ya me había ladeado pues no quería ser indiscreta, pero aún tenía una visión de lo que estaba ocurriendo. La niña gritó “¿y por qué no?” Ella, muy quedamente, le contestó, dándole un sacudón a la mano que le sujetaba “mira ya como estás, sin forma…quieres ponerte como…” y levantó la vista.

En una fracción de segundo calculé que en la parada la más gorda era yo y supuse que su dedo apuntaría hacia mí; y antes de que pudiera concluir su frase con la tercera persona femenina del singular “ella” me puse de frente y la fulminé con mis ojazos negros, que había maquillado con todo el esmero del mundo y que iban coronados por un glamuroso cerquillo recién teñido y amoldado… no es por nada, pero justo aquel día, yo iba lista para matar de amor a cualquiera.

Como suele suceder en estos casos, la indiscreta, no resistió mi mirada ni por un segundo, cualquier lado le sirvió para evitarme. También ese instante me bastó para saber que había ejercido algún tipo de fascinación sobre la niña, no sé si por las pestañas tan largas que logré ese día, o el rojo brillante de mis labios o los pendientes azul turquesa o el collar tornasol que caía en cascada sobre mi pecho, o por todo eso a la vez, o porque yo tengo, y eso quién no lo sabe, mi gracia para los pequeños.

Me compuse, me volví a ladear y sentí a la niña chillar a mis espaldas: “¿ponerme como quién?” La madre, casi masticando las palabras, le dijo: “como ella” y apuntó, por lo bajo, con su dedo índice hacia mí.

Entonces vino ese momento inesperado, pero no por eso menos glorioso, en el cual te coronas campeona sin haber tirado un golpe. La niña, como si se hubiese tragado un micrófono, amplificó para todos los presentes y señalándome: “pero ella está linda, se parece a una magia”. No entendí exactamente lo de la magia, pero tenía la certeza de que era algo bueno.

Me viré por segunda y última vez, ya no me interesaba encontrar la mirada esquiva de alguien, que si era capaz de avergonzar a su hija pequeña nada bueno reservaría para los demás; esta vez busqué y encontré la de la niña, quien me regaló una sonrisa más dulce que las galletas del segundo paquete que ya había logrado atrapar en medio de la confusión. También le sonreí, cómplice, agradecida; mientras, la delgadísima madre, apuntaba sus ojos al suelo, como buscando algo, quizás el respeto hacia los demás, que ese día, y ojalá solo hubiese sido ese día, se le había perdido en algún lugar.


Ola que va, ola que vuelve (La columna de la Yuli)


 Hola ciberlectores!!! Joven, mujer, pinera y cubana, son las credenciales de quien compartirá con ustedes, mediante esta columna, sus vivencias en la isla milagrosa, como suelo llamar a este chispazo de tierra que habito y me habita.

Esta columna, que les regalaré semanalmente, no tiene más intención que las de hilvanar palabras y soltarlas a la atmósfera en busca de combustible vital, una especie de fotosíntesis para quien escribir es la vida.


Yuliet Calaña