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Los amores de la vida

Primavera o descanso, 1940. Jorge Arche

Como hay antecedentes de diabetes en mi familia, trato de mantenerme alejada de la melcocha que se forma el 14 de febrero y los días previos. Aunque yo, como todo el mundo, también tengo un amor de la vida.

Una persona a la que conocí, de quien me enamoré, con la que conviví algunos años, de la que me separé, a la que odié, a la que enterré, desenterré, volví a enterrar, y a desenterrar… hasta comprender que no había muerto más vivo en mi vida y que él estaría ahí, por los siglos de los siglos, gravitando en cada parte de mi ser.

Todo empezó un 25 de diciembre, hace 8 años. Admito que no fue en un lugar muy romántico, ni con la intimidad requerida. Lo cierto es que en una parada oscura y sin pintar, a la vista de un borracho y dos presuntos tiradores, me robaron el beso más apasionado de mi vida. También, en ese febril instante, me desaparecieron- presumiblemente se tragaron- el piercing que perforó mi nariz durante los cinco años universitarios.

Al día siguiente, a la misma hora, en la misma parada, sin ponernos de acuerdo, nos volvimos a encontrar. Yo había venido por mi piercing, supuestamente, y él a “ayudarte a buscarlo”, me dijo. En realidad el había venido a tragarme a mí toda…y yo a perderme, como mi arete, dentro de él.

Cuando eso ninguno de los dos teníamos cuarto, ni dinero para pagarlo…así que fuimos de un punto a otro de la ciudad calentando paradas, descansos de escaleras y parques sin luz.

Solíamos caminar de madrugada por la calle, tomados de las manos, jugando a ser novios, pero nosotros “no podíamos ser novios bajo ningún concepto”, dijo mi familia.  “Por encima de nuestro cadáver”, dijo la suya. Aunque aquello parecía de Montescos y Capuletos y yo me llamo Juliett, no hubo sangre, simplemente los perdonamos y nos hicimos novios, con la bendición de algunos y la maldición de otros.

Realmente no creo que nadie en la vida haya sido tan feliz. Pasábamos los días intentando ser periodistas. Llegábamos a casa, en mitad de la tarde, cansados de intentarlo. “Qué profesión más ingrata, ya no aguanto más”, me decía él y yo lo convencía que no, que “era la profesión más hermosa del mundo”. “Al demonio el periodismo”, gritaba yo, a veces, destrozando con una tijera las almohadas. “Tranquila, muchacha, no hay nada que te guste más, ni yo”, me calmaba él.

Luego de las crisis él se ponía  a hacer una tanda de abdominales para bajar la barriga y yo a hacer mi arroz con escombros al cual le echaba lo que apareciera, incluso carne en días festivos. Él lo devoraba y le volvía a crecer la barriga, que bajaría al día siguiente con una nueva tanda de abdominales después de una crisis profesional… y así sucesivamente.

En las noches se embriagaba con vino de cuatro pesos de la bodega e insultaba a los peloteros del televisor y anotaba cada jugada en una libretica. Yo escribía crónicas y se las leía en voz alta, mientras le pasaba la mano por la cabeza. Con la caspa que caía sobre el sofá dibujábamos corazones.

Los domingos él jugaba softball y yo me hacía el lasiado… me recogía en la peluquería o yo a él en el terreno y nos íbamos a la cama. Ahí él siempre bateaba y yo me desarreglaba el pelo otra vez. Entonces me cantaba a lo Kelvis: ♪♪tonta, no te arregles tanto el pelo, abrázame y volemos♪♪. Yo lo abrazaba y así nos quedábamos el resto de las horas. Los domingos eran (son) nuestros días preferidos.


Al principio no teníamos casa, así que rodamos de alquiler en alquiler. Como no había refrigerador, comprábamos vasitos de hielo a un peso… y muchas otras cosas que hicimos con ellos. Tampoco había cama, dormíamos en dos colchones en el piso y las hormigas se daban banquete con nosotros en las noches. No nos importaba no tener agua fría y sí ronchas… nos amábamos.

Foto: Actitudfem.com

Siempre pensamos que cuando tuviéramos casa propia, con cama, piso sin hormigas y refrigerador, nuestra felicidad rozaría el cielo. Un buen día llegó aquel nidito de amor propio que tanto habíamos deseado y entonces nos separamos.

Después vinieron otros muchos amores para mí, o al menos los suficientes para comprender que él no era ni tan perfecto como lo supuse cuando lo conocí, ni tan imperfecto como lo sentí cuando nos separamos.

Él, por su parte, siempre llevó una foto mía en su cartera. Encima de ella iba poniendo las de sus nuevas novias y también las iba quitando cuando se acababa todo… al final de cada historia siempre quedaba yo.

En términos beisboleros podría decirse que a veces éramos regulares y otras banco, pero siempre, cada uno de nosotros, jugaba en el equipo del otro.

Después de varios años de invalidarnos totalmente, al menos en público -nunca en nuestros corazones, ni en el chat de Facebook – volvimos a encontrarnos. Para entonces yo me había distanciado bastante de la cocina  y él había aprendido a cocinar, yo sabía bailar reguetón como una experta, él había asistido a un montón de conciertos de trova, yo me había vuelto obsesa del béisbol, él había roto para siempre con la pelota cubana. Cada uno se había convertido un poco en el otro.

A veces, trato de convencerme de que no es amor, que es mera costumbre… comodidad de no tener que comprarme un blúmer nuevo para impresionar o manejar la luz del cuarto para esconder celulitis. Hasta me lo creería si no fuera porque sé que la costumbre hala, pero no mueve el piso… y cuando yo lo veo lo que siento es un terremoto categoría 9 en la escala Ritcher, estremeciéndome toda. Supongo que lavar botellas juntos y luego venderlas en Materias Primas para comprar la comida del día, te une a alguien para siempre.

El 25 de diciembre pasado, como he hecho invariablemente los últimos 8 años, aún sin tener la certeza de que pudiera leerlo, escribí en mi muro de Facebook algo alegórico al aniversario de aquel beso:

A los pocos minutos recibí en mi celular un mensaje revelador: “felicidades a ti también… porque aquel piercing que me tragué aún me hace cosquillas en el estómago”.

Tengo esta y otras pruebas para sospechar que él, como todo el mundo, también tiene un amor de la vida… y debo ser yo.

 

 

Ola que va, ola que vuelve (La columna de la Yuli)


Hola ciberlectores!!! Joven, mujer, pinera y cubana, son las credenciales de quien compartirá con ustedes, mediante esta columna, sus vivencias en la isla milagrosa, como suelo llamar a este chispazo de tierra que habito y me habita. Esta columna, que les regalaré semanalmente, no tiene más intención que las de hilvanar palabras y soltarlas a la atmósfera en busca de combustible vital, una especie de fotosíntesis para quien escribir es la vida.


                                             Yuliet Calaña

 

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