abril 19, 2024 ¿Quienes somos?

Comprender el mundo contemporáneo es estratégico

Ese sistema-mundo es el océano en el cual debe timonearse con éxito el barco de la nación. Imagen ilustrativa.

En el último cuarto del siglo XX se sucedieron un conjunto de acontecimientos que han dado forma y fundamentos a los desarrollos y comportamientos del capitalismo contemporáneo: el agotamiento del capitalismo fordista-keynesiano, evidenciado en la crisis de 1974-1975; el hundimiento de la URSS y el Sistema Socialista Mundial con la correspondiente incorporación de esos países, sus poblaciones y recursos naturales e industriales al mundo de la acumulación capitalista; el advenimiento y coronación del neoliberalismo y su forma de practicar la globalización; y una revolución científico-tecnológica en los campos de la informática y de la biotecnología que ha abierto posibilidades insospechadas para el desarrollo y la creatividad humanas, pero también para el control del cuerpo social y, lo que es más importante para el capital, la extracción intensiva de plusvalía a partir de ámbitos de la vida humana y de la sociedad que hasta entonces permanecían vírgenes para el mercado.

La conjunción de todos estos acontecimientos ha producido la emergencia de un capitalismo progresivamente más desigual que fuerza la integración de todos los países del mundo al mercado mundial, pero bajo cuyas reglas los países de integración pasiva, periféricos, poco industrializados y con Estados débiles han sufrido las peores consecuencias de la apertura comercial.

Al mismo tiempo se observa un desplazamiento y diversificación del centro de acumulación que, si hasta el siglo XXI se localizó en el norte del Atlántico, hoy se comparte, además ―y cada vez con más intensidad― con economías emergentes como China, Rusia, Corea del Sur, la India, Turquía o Sudáfrica.

Esta fractura en la exclusividad del centro de acumulación capitalista reedita contradicciones geopolíticas en defensa de capitales nacionales que no se veían desde la Segunda Guerra Mundial, lo cual hace tambalearse el rígido arreglo unipolar del mundo surgido a partir de los 90. Para países que resisten al poder imperialista del norte del Atlántico (con Estados Unidos a la cabeza), esta fractura del orden geopolítico puede representar una ventana de oportunidad, y ser una buena noticia.

En el orden ideológico se registra un retroceso significativo de las ideas anticapitalistas y socialistas en general (aún de carácter reformista), frente a lo que ha sido acuñado como “realismo capitalista”[1] y que cuyo sentido se condensa en la máxima de la ex primera ministra británica de derechas Margaret Thatcher: “There is no alternative” (en español: “No hay alternativa”).

Durante el siglo XX la política de derechas, al menos en Occidente, hizo frente común contra la amenaza del comunismo. No obstante, con la desaparición de la URSS y el correspondiente debilitamiento de las izquierdas, la política de derechas se ha reactivado y ha adoptado nuevos rostros.

Las derechas contemporáneas operan ―y en no pocas ocasiones se organizan y distinguen― en dos ejes políticos bien definidos. Por un lado, el ya conocido discurso liberal de defensa de la propiedad privada, fundamentalismo del mercado, estado mínimo, demás recetas neoliberales del Consenso de Washington y, en general, el mantenimiento de la gobernabilidad propia del Estado neoliberal de los últimos 30 años. Ahí también puede encontrarse un énfasis muy marcado en el paradigma de la democracia liberal y los derechos humanos que promueven Estados Unidos y sus aliados como incontestable y único posible.

Esta política, de la que han participado ―y participan― incluso partidos socialdemócratas y denominados “socialista” en Europa y América Latina, ha encontrado un desafío desde el propio espectro reaccionario por parte de lo que se ha venido a llamar “nuevas derechas” y dentro de cuya denominación entra toda una serie de movimientos y organizaciones de derecha y extrema derecha, con diversas apariencias, pero cuyo denominador común son ideas que giran en torno a:

  • reivindicación de nacionalismos chovinistas;
  • necesidad de Estados fuertes;
  • proteccionismo económico y rechazo al proyecto de la globalización;
  • tradicionalismo y provincianismo en oposición al cosmopolitismo y el multiculturalismo;
  • xenofobia;
  • centralidad de la familia tradicional, contra las agendas de derechos sociales, sexuales y reproductivos para las mujeres y para las minorías LGBTQ+,
  • y en general oposición a las agendas para la igualdad de minorías excluidas (migrantes, pueblos originarios, grupos étnicos, personas con discapacidades…).

Esto conecta la radicalización de partidos de derecha hasta entonces moderados con el ascenso de los nacionalismos fuertes en Eurasia o con el auge del fundamentalismo religioso en todo el orbe. Aunque esta derecha ultraconservadora se enfrenta no pocas veces a las derechas liberales e indican cómo se está deshaciendo la hegemonía del orden liberal capitaneado por los pueblos anglosajones, es importante remarcar que la defensa de los fundamentos del modo de producción capitalista es un punto en el que ambas tendencias tienen plena comunión.

Además, los representantes occidentales de esa derecha extrema se destacan en la hostilidad virulenta contra los movimientos y Estados que entienden como “remanentes”del comunismo del siglo XX y que contestan la condición metropolitana de Europa y Norteamérica, tales como Cuba o China, y contra el progresismo de América Latina, especialmente el proceso bolivariano.

En la contracara de este proceso se encuentra la debilidad de las izquierdas, sobre todo las de los países más industrializados. Una de las causas de esta situación puede encontrarse en la caída del socialismo europeo y la correspondiente bancarrota de su paradigma específico de sustitución del capitalismo.

El enorme vacío dejado por ese deceso no ha sido llenado de manera efectiva por ningún otro proyecto que no sea el realismo capitalista antes mencionado: “Hoy es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. No obstante, esta no es la única razón del debilitamiento. Las trasformaciones que el cambio tecnológico ha generado en el mundo del trabajo tales como el fin de las grandes fábricas, la deslocalización de la producción, el empleo mediante plataformas digitales, entre otras, han destruido los viejos espacios de organización de la clase trabajadora y en los cuales la izquierda aprendió a moverse como pez en el agua.

Otro aspecto a tener en cuenta es la victoria psicológica que la reacción ha logrado sobre las izquierdas al generar un sentimiento de culpa con respecto a los excesos del autoritarismo en los países de Europa del Este y en el movimiento comunista internacional durante el siglo pasado, lo que ha llevado a no pocos movimientos de izquierda hacia el “basismo”, es decir: hacia una subestimación, y en ocasiones desprecio, de los modos de organización política basados en la disciplina ante las decisiones colectivas, las estructuras, el centralismo y la forma partido, asociados al leninismo, en favor de una concepción de la horizontalidad y de la democracia que convirtió muchas experiencias políticas y organizativas en espacios de exaltación del yo, de autonomismo sin compromisos, y de militancias desvinculadas, fluidas y libres de ataduras.

A esto se suma la generalización del reformismo, con programas de gobierno incapaces de plantearse una ruptura radical con respecto al sistema, lo que ha convertido a buena parte de la izquierda en “administradores decentes” del capitalismo. También otras zonas de la izquierda ni siquiera se plantean conquistar el poder del Estado sino que circunscriben su actividad al trabajo de bases.

Para intentar completar el cuadro general del sistema-mundo capitalista actual, vale la pena mencionar un conjunto de conflictos que se han desencadenado o amplificado en la última década: [2]

  • nuevo tipo de espionaje, sabotaje y guerra cibernética, posibilitadas por la tecnología actual, como el ciber-espionaje civil, político y económico denunciado por Eduard Snowden, la paralización de dependencias gubernamentales a partir de virus informáticos, empresas o instalaciones militares, o el empleo de drones con fines criminales;
  • guerras civiles de destrucción masiva y genocidio, nacionales y regionales, que apelan a muy diversos métodos de destrucción y exterminio respaldadas por potencias regionales o mundiales del bloque neoliberal dominante, como los que tuvieron lugar en Libia, la Franja de Gasa, Siria, Afganistán, Somalia, Yemen o Nigeria;
  • grandes movilizaciones “pacíficas” de desestabilización de gobiernos progresistas por medios “blandos”, que integran la amplificación de protestas socio-políticas opositoras diversas (ambientalistas, anti-corrupción, institucionales, etc.) mediante provocaciones externas, financiamiento o respaldo de agencias de espionaje y fundaciones extranjeras, grandes cadenas de comunicación o iglesias evangélicas y afines, o incluso grupos paramilitares (casos de Venezuela, Brasil, Argentina, Bolivia, Ecuador, Honduras, Paraguay, entre otros, con distinto grado de éxito);
  • la discriminación o represión chovinista violenta contra las minorías étnicas por grupos xenófobos de extrema derecha, como la que tiene lugar en Estados Unidos contra la inmigración latina o la población negra, y en diversos países de Europa contra la inmigración islámica o africana;
  • los crímenes de la delincuencia internacional (narcotráfico, comercio ilegal de armas, trata de mujeres y niños u órganos humanos, comercio ilegal de diamantes y otros bienes valiosos vinculado a las guerras africanas), y su relación con el neoliberalismo que genera desempleo, miseria y grandes desigualdades sociales, y permite la opacidad de enormes capitales en juego, la “amoralidad” a ultranza del sistema, o la asociación o complicidad con gobiernos o empresas legales;
  • la aceleración de la crisis ambiental cuyos efectos sobre el cambio climático, la contracción de la biodiversidad, los cambios en las conductas de grupos animales, todo esto con las correspondientes consecuencias socioeconómicas, sobre todo para los más desfavorecidos, es palpable.

Comprender a cabalidad el funcionamiento del sistema-mundo capitalista contemporáneo es una cuestión estratégica para el proyecto de la Revolución Cubana, pues ese sistema-mundo es el océano en el cual debe timonearse con éxito el barco de la nación. Tener una cartografía confiable y un conocimiento justo de las corrientes y los vientos, es imprescindible para trazar la ruta más adecuada hacia el puerto más deseable y más seguro.

[1] Fenómeno nombrado y explicado por el marxista británico Mark Fisher en su Capitalist Realism: Is there no alternative?

Guillermo Tell

[2] Dabat, A., Hernández, J. F., & Vega, C. (sep./dic. de 2015). Capitalismo actual, crisis y cambio geopolítico global. Economía UNAM, 12(36).

Guillermo Tell


Tomado de Cubadebate

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