abril 12, 2024 ¿Quienes somos?

Leyenda sobre el surgimiento de las aguas medicinales de Santa Fé

La historiadora estadounidense Irene Wright escribió un libro llamado “Cuba” refiriéndose de esta manera a la Isla de Pinos, en él hace referencia a las aguas minerales del poblado de Santa Fe, señalando que es de estos manantiales que el pirata  holandés (¿o francés?) John Esquemeling,  autor de “Los bucaneros de América” (Londres, 1684), escribió la siguiente leyenda de su origen:

Hace muchos años antes que los hombres blancos llegaran en sus barcos desde otros mundos la Isla estaba poblada por una poderosa raza de indios. Una sola tribu habitaba entre sus lomas y valles, pues, aunque la gran isla del norte (Cuba) tenía más habitantes, ellos estaban divididos en muchas tribus ninguna de las cuales era tan fuerte como la que habitaba en esta isla. Las tribus eran muy voraces y estaban constantemente en guerra unas contra otras, la de la isla mayor (Cuba) envidiaban a las del sur (Isla de Pinos) a las que nunca pudieron vencer.

El gobernante de la tribu de esta isla era muy poderoso y su palabra era ley, este tenía un hijo al que apreciaba por encima de todos, pues decía que a su tiempo gobernaría en su lugar, pero como era costumbre que ningún príncipe gobernaba hasta que fue probado su coraje en la guerra, pero como esta tribu era tan fuerte e inspiraba miedo a sus enemigos, el había crecido en medio de la paz. Más a él no le agradaban las danzas tribales y las batallas falsas de su pueblo, sino que se deleitaba en el silencio de los bosques y vagando así entre las soledades había adquirido mucha sabiduría, la de la paz, pero cuando él hablaba de ello a los jóvenes de la tribu estos se retiraban y hasta se burlaban y así llegó el momento en que el padre había envejecido y los hombre viejos del Consejo fueron a él y le dijeron –Mirad, los días que te quedan parecen no ser muchos y ¿quién tendrá que gobernarlos cuando tú te hayas ido?, pues tu hijo el príncipe no ha sido aún probado”- el jefe fijó los ojos en la tierra y luego de meditar miró a los del Consejo y replicó “Bien, mi hijo no ha sido probado, pero nuestros enemigos son muchos; él irá allí a pelear con ellos”.

Así el jefe reunió a los guerreros y colocó al frente a su hijo, entregándole su propia lanza y colgó su propio escudo sobre su corazón, pidiéndole que entrara en su canoa de guerra y que no regresara hasta que no se hubiese probado.

El príncipe partió al frente de los guerreros a conquistar las tribus de la isla del norte (Cuba).

Pasaron los días hasta que se anuncia la llegada de las canoas guerreras, las que venían cubiertas con ramas de palma, excepto la de su hijo y al acercarse vieron que venía atado, su padre quedó sin palabras y luego alzando la voz preguntó al subjefe del grupo guerrero ¿Y tú llamas esto una victoria a traerme mi hijo atado?- Apresúrate y explica o muere. Respondiendo el interpelado “Vuestro hijo se te entrega así, pues él abandonó el campamento y se fue a hablar de paz entre los enemigo, mientras nosotros los atacábamos, y no lo matamos a él por ser tu hijo”.

El padre fijó sus ojos en el hijo y le dijo- ¡Habla perro!  ¿Qué tienes que decir antes de morir? Y el príncipe sonriendo respondió: Paciencia mi señor. Condúceme, te lo ruego, a las profundidades de la selva y allí te lo diré todo.

Se internaron en el bosque y en las márgenes de un bello riachuelo  el padre ordenó que lo desataran, allí el joven volvió a hablarle de paz a lo que el padre respondió clavando una lanza en el  corazón del hijo. El príncipe cayó sin vida, mientras su sangre fluía como un pequeño riachuelo carmesí hacia la orilla hasta que se mezcló con las aguas de arroyuelo.

Inmediatamente el pueblo supo que el Gran Espíritu estaba enojado con ellos por la maldad que habían cometido, pues un viento caliente sopló en la Isla y los castigó con una plaga mortal. Mientras esto ocurría aparecieron de pronto sus enemigos de la gran isla al norte y habrían caído sobre ellos, si no hubieran tenido la oportunidad de ver al príncipe que yacía muerto en la yerba.

Cuando el jefe de la tribu vengadora, conoció la causa de la muerte del joven, se detuvo antes de comenzar su trabajo de destrucción y ordenó a sus guerreros hacer una tumba al lado del riachuelo, se agachó y levantó el cuerpo en sus propios brazos.

Al hacer esto los guerreros reunidos allí se maravillaron, pues de la tierra en el mismo sitio donde el príncipe yacía brotó un bello manantial tan claro como el cristal  tan tibia como la sangre. Y la tribu invasora supo que esto era un signo de buena suerte y en vez de vengarse en sus agobiados enemigos, los trajeron al maravilloso manantial y los bañaron en sus aguas, donde ellos se pusieron bien inmediatamente.

Esta es la razón del porqué esas aguas de Santa Fé llevaron por mucho tiempo el nombre de Manantiales de la Paz.


Por: Lic. Guillermo Maquintoche Vázquez.   

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