abril 19, 2024 ¿Quienes somos?

Un «templo» del acero cobra vida

Cuando entraron a la emblemática Antillana de Acero muchos jóvenes solo encontraron óxido y viejos equipos, casi en desuso, y les tocó entonces, no sin dificultades, dejar a un lado sus sueños y trabajar duro para «trocar lo sucio en oro», como dijo el poeta,…

Roberto Lorenzo Rodríguez, a sus 27 años, es el jefe de mantenimiento en la UEB Acería Eléctrica.

El olor a hierro fundido bajo altísimas temperaturas todavía no se hace notar con profundidad en la planta de Acería Eléctrica, de la Empresa Siderúrgica José Martí, conocida como Antillana de Acero. Muy pronto, tal vez en cuestión de semanas cuando comience la producción, ese panorama cambie, porque el ajetreo será constante y caluroso, día y noche al rojo vivo, con hornos derritiendo sin piedad el metal a más de 1 250 grados Celsius.

Toda la chatarra que hoy se encuentra en viejos vagones las afuera de la planta, esperando la arrancada productiva después de un largo proceso inversionista, arderá en fuego y saldrán luego como resultado las palanquillas de acero que sirven para la exportación y para obtener entre otros elementos, tras un proceso industrial, el acero corrugado o cabilla fundamental en la construcción.

Mientras llega esa fecha que le devolverá a la acería su vida útil y renazca cual indispensable eslabón para el país, ahora mismo, durante la puesta en marcha, se ajusta minuciosamente cada detalle de las máquinas y las nuevas tecnologías ya instaladas en la planta.

En todas estas labores, los jóvenes de la Antillana han sido una fuerza importante y decisiva. Muchos de ellos cuando entraron a la empresa —ubicada en el municipio habanero del Cotorro— solo encontraron óxido y viejos equipos, casi en desuso, y les tocó entonces, no sin dificultades, dejar a un lado sus sueños y trabajar duro para «trocar lo sucio en oro», como dijo el poeta, y salvar una industria necesaria para la nación.

Así les sucedió a Francisco, Cristofer y Roberto, tres jóvenes que después de graduarse de ingeniería Metalúrgica en 2019, fueron testigos del declive en la planta de Acería Eléctrica y, ahora, palpan los cambios realizados gracias a las facilidades otorgadas por un crédito ruso para recuperar algunas áreas vitales de la Antillana.

Para Cristofer González Estrada, el reinicio productivo debe garantizar utilidades atractivas para todos los jóvenes que lleguen a la empresa. Foto: Ariadne Prado Cabalé

Mientras caminamos por ese «monstruo» rodeado de hierro y equipos pesados que es la Acería Eléctrica, los tres reconocieron que «aquí estaba todo obsoleto, en pésimas condiciones, lleno de óxido y con bajo rendimiento. De hecho la vimos producir solo alrededor de seis meses desde que entramos. A partir de ahí, hubo que modernizar y reparar desde las grúas, el techo, el horno y hasta el sistema de extractores para la depuración de los gases».

Sentido de pertenencia

Ya en plena faena de puesta en marcha, con casco y overol, se encuentra uno de ellos, Roberto Lorenzo Rodríguez, quien a sus 27 años está al frente de cinco talleres porque ocupa la responsabilidad de ser el jefe de mantenimiento de la UEB Acería Eléctrica. Él reconoce que el actual momento de arranque resulta altamente complicado, ya que readaptar al personal a las nuevas tecnologías luego de tres años alejados del proceso de fundición, no se consigue en una sola jornada.

El sentido de pertenencia distinguen dentro de la Antillana de Acero a muchachos como Francisco Romero Carneado. Foto: Ariadne Prado Cabalé

En su caso, dice, organiza lo que tiene que ver con las reparaciones e imprevistos de averías que se presentan. Y como es lógico, después de tanto tiempo parada la fábrica aparecen muchas deficiencias. A Roberto se le puede ver de momento lo mismo corrigiendo personalmente algunos detalles o llamando la atención sobre un escape de aire mínimo.

Según explica, estas labores son la base para alcanzar la eficiencia productiva cuando inicien la fundición de las palanquillas de acero en las próximas semanas. A su vez, garantizan con ello la optimización de los recursos ahorrando materiales, algo que de no cumplirse, se traduciría en gastos importantes para el país. Con las condiciones actuales podemos cuidar al hombre, los equipos y trabajar con mayor seguridad, refiere.

Poco a poco, cual hombre que sube a prisa, pero firme los escalones de una pendiente, a los tres jóvenes ingenieros fueron confiándoles responsabilidades
importantes durante el proceso inversionista. Tanto es así que el montaje de la máquina de vaciado continuo, lo que viene siendo el último paso en la fabricación del acero, lo realizaron ellos junto a otro experimentado ingeniero tunero.

Para Francisco Romero Carneado, jefe de producción de la UEB Acería Eléctrica, aquel momento los marcó de algún modo. Eran los días inciertos de la pandemia, donde prácticamente nunca pararon los trabajos de recuperación. «Esos tiempos fueron creando en nosotros un sentido de pertenencia por este lugar», comenta.

Su función será la de garantizar, y mucho, la estabilidad productiva, un reto que se presenta bastante alto si tenemos en cuenta la situación actual que atraviesa el país. Sobre todo, la acería eléctrica consume muchísima corriente y necesitan siempre autorizos para poner a funcionar la planta en horarios específicos, fuera de los picos eléctricos.

Sin dudas, detrás de las 65 toneladas promedio de acero resultantes de una sola fundición existirán horas de desvelo. Por ello, según refiere Francisco, se preparan para, una vez reanudada la producción, laborar mientras sea posible. Con tal propósito han creado grupos de obreros por turnos, porque mayormente trabajan luego de las 10 de la noche, pasada la máxima demanda.

Sobre lo más novedoso de la inversión acometida, comentó, estuvo la planta de depuración de gases, la cual se hizo ciento por ciento nueva. Ella garantiza que los polvos se queden en filtros y que el humo que termina saliendo por la chimenea sea poco contaminante, o sea, amigable con el medio ambiente. A su vez representa una mejoría sustancial con respecto a la descontaminación y la calidad de vida de quienes viven muy cerca de la fábrica o visitan zonas alrededor, como el Parque Lenin.

Ahora esos deshechos tienen una utilidad notable, por ejemplo, en la elaboración de asfalto para las carreteras. «Los camiones a partir del inicio de la fase productiva podrán venir hasta la UEB a recoger esos deshechos para reutilizarlos. Algo que beneficia tanto a la empresa como la sociedad», agrega el joven.

Capital y compromiso humano

Nada se consigue en la Antillana sin el esfuerzo y dedicación de los hombres y mujeres que funden y moldean el acero. Desde la perspectiva de Cristofer González Estrada, jefe de la oficina técnica en la UEB, con apenas 26 años, el capital humano resulta la columna vertebral de la planta.

Y aunque de su generación no quedan muchos trabajando allí, quienes sí lo hacen sienten un compromiso alto con la empresa, significó. En el caso de los jóvenes, dice, influyó mucho en la desmotivación la situación del país, el sacrificio que lleva la actividad  y estar parados tres años, sin fundir, cobrando un salario básico que ronda los 5 000 pesos.

El hecho de iniciar la producción en las próximas semanas y, con ella, la exportación del acero, debe garantizar utilidades atractivas para los muchachos nuevos que lleguen. Ahora también podrán ver la acería en pleno funcionamiento, otro aliciente importante, refiere.

Mirando al futuro cercano, tal y como les pidiera hace algunas semanas en visita a la planta, el Presiente cubano Miguel Díaz-Canel Bermúdez, estos tres muchachos continúan pensando en su desarrollo, con la realización de posgrados y maestrías.  «Seguir superándonos es la base para tener una mayor integralidad profesional y para recuperar finalmente esa mejor Antillana de Acero que todos queremos de vuelta», reconocieron.


Tomado del Juventud Rebelde

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