junio 20, 2024 ¿Quienes somos?

Eternos Inocentes

Fotocomposición con imágenes del filme “Inocencia”.

“Y más que un mundo, más! Cuando se muere
En brazos de la patria agradecida,
La muerte acaba, la prisión se rompe;
¡Empieza al fin, con el morir, la vida!”
José Martí

Como un río de sentidas lágrimas brotó la sangre de los eternos inocentes, los ocho estudiantes de medicina que injustamente fueron ejecutados ante el muro de la explanada de La Punta, por el piquete de fusilamiento con el maléfico Capitán de voluntarios Ramón López Ávila al frente aquella fatídica tarde del 27 de noviembre de 1871 cuando el odio y soberbia española atropelló a la inocencia de ocho frutos que comenzaban a labrar su futuro.

Eran los ocho estudiantes del primer curso de medicina de la Universidad de La Habana acusados injustamente de profanar la tumba de Don Gonzalo de Castañón, lo que constituyó el detonante pretexto para desatar la ira contra los jóvenes irreverentes al sistema colonial que los oprimía y cercenaba sus más elementales derechos ciudadanos como cubanos libres.

Como se ha narrado en múltiples ocasiones, el día 24 de noviembre los jóvenes alumnos del primer curso esperaban la llegada de su profesor el doctor Pablo Valencia y García frente al  Anfiteatro Anatómico, muy próximo al cementerio de Espada que aún permanecía abierto, para recibir una clase, pero al conocer que el profesor demoraba en llegar, se dispusieron a recibir la clase de disección que impartía el profesor Domingo Fernández Cuba, y algunos entraron y recorrieron los patios del camposanto, uno tomó una flor y en su andar jocoso dañaron algunas de las flores en los jardines.

Solo se encontraban allí Anacleto Bermúdez, José Laborde, Juan Pascual Rodríguez y José de Marcos, mientras que Alonso Álvarez de la Campa tomó la mencionada flor frente a las oficinas del cementerio. Fue suficiente ese sencillo hecho para que Vicente Cobas, vigilante del cementerio, mortificado porque los estudiantes le “habían descompuesto sus siembras”, hiciera una falsa delación al gobernador político Dionisio López Roberts, expresando que los estudiantes habían rayado el cristal que cubría el nicho donde reposaban los restos de Gonzalo Castañón.

Esa mentirosa declaración de Cobas, cuyas nefastas y aterradores consecuencias ni él mismo previó, fue motivo para que el gobernador inventara con increíble prontitud un plan para elevar su “prestigio” ante sus superiores, mandó a apresar a todos los estudiantes de segundo año con infructuosa gestión por la oposición de su profesor, pero los del primer año no corrieron la misma suerte por parte del profesor Pablo Valencia, quien asumió una actitud muy cobarde ante tal situación al permitir el encarcelamiento de 45 de sus 46 alumnos de Anatomía Descriptiva, los cuales fueron conducidos a prisión el 25 de noviembre en la noche.

El día 26 de noviembre fueron apresados los estudiantes y sometidos a un juicio sumarísimo determinando que los cinco estudiantes que estaban en el cementerio fueran condenados a la pena máxima, y con decisiones de sorteo, llegaron a la cifra de ocho exigida por los Voluntarios, en los que fue incluido en ese último azar Carlos Verdugo y Martínez de 17 años, quien el día de los hechos se encontraba con su familia en Matanzas, lo cual constituye el colmo de la injusticia.

Rompiendo el silencio cómplice de los verdugos se oyó: “¡Pelotón atención! ¡Carguen armas! ¡FUEGOOO!” retumbando una y otra vez en la explanada… Después de los ensordecedores disparos, la dignidad se crecía ante cada cuerpo inerte de los eternos inocentes… El silencio aterrador se apoderó de la plaza… Las lágrimas se cuajaron en gotas de sangre inocente que clamaban justicia…

Este oprobioso hecho conmovió a la nación, y al conmemorarse el primer aniversario en 1872, en 1872, nuestro José Martí, con el corazón desgarrado, dejó para la posteridad un poema que tituló “A mis hermanos muertos el 27 de noviembre”, en el que volcó todo su sufrimiento por los caídos, y a la vez anunciaba que esas injustas muertes recibirían un día la justicia, porque un mundo nuevo se avecinaba… Y en los versos finales dejó la sentencia eterna:

“Déspota: mira aquí cómo tu ciego

Anhelo ansioso contra ti conspira:

Mira tu afán y tu impotencia, y luego

Ese cadáver que venciste mira,

Que murió con un himno en la garganta,

Que entre tus brazos mutilado expira

Y en brazos de la gloria se levanta!

No vacile tu mano vengadora;

No te pare el que gime ni el que llora:

¡Mata, déspota, mata!

¡Para el que muere a tu furor impío

El cielo se abre, el mundo se dilata!”

Y el cielo se abrió, y el mundo se dilató, dando paso a la  anhelada justicia que traspasó los muros de la historia con un hermoso canto de amor y gloria por los jóvenes inocentes caídos; y hoy, a 152 años de aquel injusto derramamiento de sangre, con enaltecedor recuerdo los jóvenes universitarios, y en especial los estudiantes de Ciencias Médicas, recuerdan con un luctuoso pase de lista a sus hermanos Alonso Álvarez de la Campa, Anacleto Bermúdez y González de Piñera, José Marcos y Medina, Ángel Laborde y Perera, Juan Pascual Rodríguez y Pérez, Carlos Augusto de la Torre y Madrigal, Eladio González Toledo, Carlos Verdugo y Martínez, haciéndolos ¡PRESENTES! como sentido homenaje de esta generación devenida continuidad de las de ayer y forjadora de las del mañana.

Homenaje de la #UCLVnuestra a los estudiantes de Medicina fusilados en 1871


Texto y fotocomposición: Sergio I. Rivero Carrasco

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