
Licenciado en Enfermería y portador del Sello de Excelencia en su especialidad, se cuenta como un testimonio de resiliencia y entrega. Llegó al territorio pinero en 1978, con apenas 12 años desde su natal Holguín. Soñaba con ser piloto, pero un accidente truncó aquel anhelo y lo obligó a reinventarse. Cuatro operaciones y largas estancias hospitalarias lo acercaron a la disciplina que abrazó con absoluta pasión.
Graduado en 1987 en el Politécnico de la Salud, se inició en la sala de Urología y pronto se convirtió en instrumentista en el salón quirúrgico. Su llamado interior lo condujo a especializarse en Cuidados Intensivos Pediátricos, formación que consolidó en La Habana y que lo llevó a integrar durante una década la Unidad de Terapia Infantil del Hospital General Docente Héroes del Baire. “No dormir para que otros vivan”, resume con emoción, consciente de que sanar es más que ciencia: es ternura, empatía y coraje.
Su trayectoria se ha enriquecido con la docencia, la investigación y la colaboración internacionalista. En 1999 integró la brigada médica que asistió a Nicaragua tras el huracán Mitch, y en 2013 cumplió misión en Zaire, Angola, como intensivista. También ejerció como profesor en la Facultad de Ciencias Médicas de nuestro municipio y como tesorero de la Sociedad Cubana de Enfermería, aportando al desarrollo académico y gremial de la disciplina.
Con más de cuatro décadas dedicadas al bienestar, este referente de la salud pinera y cubana constituye un ejemplo de altísima experticia. Su mayor gratificación no son órdenes ni diplomas, sino la gratitud de cada paciente que lo identifica como el hombre que les devolvió esperanza y reafirmó valores propios de un hermoso proyecto: la Revolución.
Carlitos, como cariñosamente se le reconoce, ama la enfermería con una pasión profunda y genuina. Esa profesión no solo marcó su destino, sino que le abrió una nueva senda tras sobrevivir al accidente que sufrió a los quince años. Hoy, con la serenidad de quien ha cumplido su deber, afirma con orgullo haber saldado aquella deuda con la humanidad.
Su legado es intensamente humano y de resonancia eterna. La vida le arrebató un sueño, pero le entregó una misión aún más grande: vivir para salvar y preservar la vida como razón suprema de existir.
Texto y foto: Ana Verdecia Vazquez
