abril 19, 2024 ¿Quienes somos?

Ese Martí nuestro

“Martí tiene algo que decirnos todos los días."

Ese Martí nuestro, tiene algo que decirnos cada día a los pineros y a los cubanos, es ese que llegó a estas tierras insulares casi un bisoño, maltratado por los horrores de las canteras del presidio y el dolor por su Cuba el 13 de octubre de 1870; es ese que entregó y recibió el amor incondicional de la familia Sardá que lo arropó como un hijo, ayudándolo a sanar las heridas de los grilletes y a forjar su pensamiento más allá del universo que lo circundaba en esa exuberante y maravillosa floresta de “El Abra” que lo estimulaba, de la que más tarde diría en el exilio: “No trinan como allá los pajarillos, ni aroman como allá las frescas flores, ni escucho el buen cantar de sencillos cubanos y felices labradores; ni hay aquel cielo azul que me enamora, ni verdor en los árboles, ni brisa…”

Ese es nuestro Martí, el que llegó a la casa de José María Sardá en “El Abra” con los sueños agitados por las pesadillas y pavores vividos en el presidio político que aun así, no lograron alimentar en él el odio, porque con sus 17 años ya se nos presenta con la marca ingénita del amor, la justicia y la devoción, que recogió toda la energía del lugar y la convirtió en emoción, pensamiento e ideas, demostrado en que solo a un año de su partida nació su ensayo “El presidio político en Cuba”, del que dijera la historiadora Rosa María García Vargas: “Solo él ha podido lograr con su relato sacar lágrimas de los ojos a los cubanos y cubanas, quienes por más de un siglo lo han leído”

Un rústico reloj de sol existente en “El Abra” concebido en una piedra de mármol, marcó cada instante de aquellos 65 días y de los transcurridos hasta hoy; es testigo del paso del tiempo, de haber visto cara a cara a ese joven irredento que lo visitaba y no sabemos si fue su confidente, o simplemente testigo de su paso por ahí.

El ciclón de 1926 destruye la casa y a pesar del valor histórico del lugar, la poca ayuda que dio el gobierno a los damnificados del ciclón no llegó a “El Abra”, ni siquiera en gobiernos posteriores, hasta que Waldo Medina Méndez, después de su llegada a Isla de Pinos en 1941, y de ser nombrado el Juez Municipal, encabeza junto a Elías Sardá las gestiones para promover una campaña en favor de la restauración de ese histórico sitio, y ¡lo lograron!

La primera tarea que se asumieron Medina y Elías, fue la creación de un Comité para aunar esfuerzos y conseguir el dinero necesario para la restauración, el que quedó constituido en los primeros días de enero de 1943 en los salones de la Sociedad Popular Pinera, logrando así su reconstrucción a partir de las donaciones de los pineros de la época.

Finalmente la casa donde residió Martí en la  finca “El Abra”, fue reconstruida y abre sus puertas como museo que guarda la presencia del joven Martí en la Isla, el  28 de enero de 1944 con una colección donada por los descendientes de la familia Sardá, compuesta por la cama, el armario para la ropa, una lamparita de aceite, un pilón de madera y una cerradura con su llave, a los que se unieron dos cuadros al óleo de Martí y Sardá pintados por Enrique Caravia y Domingo Ravenet. Un año más tarde, en 1945, la familia se decide a entregar los más valiosos objetos que ampliarían la colección.  

Con el restablecimiento de la Casa-Museo Finca El Abra, se avivó la presencia martiana en esa especie de templo del honor, del patriotismo y la bondad; el lugar donde se siente mucha energía y paz a la vez que emana de ese Martí siempre vivo, que enaltece el orgullo a los pineros de que sea la Isla el sitio de Cuba donde más tiempo permaneció nuestro Martí fuera de La Habana.

Sentimos el sano placer de que ese Martí nuestro sea el que también se presentaba cada domingo a las nueve de la mañana en la Comandancia Militar (hoy Museo Municipal de Historia), para el pase de lista que hacían las autoridades españolas a los deportados, y después recorriera la calle que hoy lleva su nombre hasta el correo donde recibía la correspondencia familiar.

Fue ese Martí nuestro, el que en su estancia de 65 días aquí, nos marcó y quedó marcado para siempre, es ese que partió el 18 de diciembre de 1870 hacia Batabanó por el mismo río Las Casas por donde había llegado a esta pequeña tierra casi desconocida y forjadora de tanto espíritu, que marcaría una nueva y grandiosa etapa de su vida, que más tarde se convertiría en el Apóstol de la Independencia cubana: el cubano más importante del Siglo XIX, como pensador genial de Nuestra América y para Nuestra América, y como Simón Bolívar, lucharía por fundar una América Latina unida, que propiciara un balance protector frente al coloso del Norte, o la Roma Americana, como él llamaba a los Estados Unidos de América.

Ese Martí es el que hoy escolta el bulevar pinero desde su altura en el edificio más elevado contemplando a cada uno, que a su paso siente la obligación de mirarlo y admirarlo, tanto en el día como en su luminosidad en la noche.

Siento a Martí muy nuestro y universal, y a la vez tan cercano, porque es la ética de la Revolución misma, muy actual y trascendente; impresiona ver cómo tiene algo que decirnos cada día para vencer este difícil presente y diseñar el porvenir. Es mágico todo lo que se puede encontrar en su pensamiento y obra, desde la transparente defensa a ultranza a la mujer, la idolatría a su hijo y la familia, a amistad, el amor, la libertad, la inmensidad de su pensamiento político, la patria,  y hasta la propia vida.

Es ese hombre vivo aún, que hoy cumpliría 170 años, el que se ilumina en cada jornada para dar luz a los pineros en las presentes y futuras encomiendas. Es el  Martí nuestro, siempre vital, porque hay hombres que, como él, hasta después de muertos son más útiles por su obra y la trascendencia de sus ideas.


Texto y Fotocomposición: Sergio I. Rivero Carrasco

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