abril 20, 2024 ¿Quienes somos?

Guillama, un poeta y cantor rellollo (I)

Mario Lorenzo Guillama y Pérez era todo un personaje. Muchos lo recuerdan como decimista, cantante de punto guajiro, escritor, locutor y director de programas de radio, pero su biografía abarca una vida mucho más rica que lo que imagina la mayoría.

Nació en 1926 bajo los embates de un ciclón que trituró el occidente del país, en la finca familiar de Jiquiabo, en Jaruco, provincia de Mayabeque. Fue el primer hijo de Victoriano y Julia que había sobrevivido al nacimiento y al primer año de vida. Tal vez por eso su madre (mi abuela) sintió siempre especial devoción por él.

En el campo donde nació, a más se siete kilómetros del pueblo más cercano, las opciones de empleo eran casi nulas fuera de la tierra y el ganado, y eso tuvo que aprenderlo muy pronto. En la escuela apenas terminó el tercer grado, pero sus ganas de aprender eran inmensas.

Desde los doce años cortaba caña en los escasos tres meses de zafra y a los 15 ya era un diestro desmochador de palmas. Pero sus sueños estaban mucho más altos que los cogollos de las palmas. Especialmente desde que había llegado a la casa una portentosa caja de ilusiones: un radio.

Quería ser locutor, ansiaba conquistar el mundo misterioso y seductor que le dejaba entrever, más bien entreoir, esa caja mágica recién llegada.

Claro que lo tildaron de loco. Dónde se había visto que un guajiro semianalfabeto fuera locutor de radio? Para eso había que ser leído y escribido, como decían sus coterráneos. Además, La Habana estaba muy lejos.

Pero aquel guajiro rubio con una leve cojera  porque la pierna izquierda había decidido crecer unos centímetros más que su compañera, estaba empeñado en seguir su sueño, por más que lo tildaran de loco. Se había convertido en un lector ávido y tenía buena dicción. Sin haber puesto jamás los pies en la capital, solo con la ayuda de un mapa, llegó a conocer de memoria el nombre de las calles habaneras de los años 40.

Frente al espejo enorme de la vieja coqueta de la abuela, ensayaba diferentes entonaciones para la locución cuando nadie lo estaba escuchando. La décima se le daba bien, escrita e improvisada y no había guateque radial que no escuchará completamente absorto.

Un día de 1947, decidió que era el apropiado para materializar sus propósitos y dejó atrás el terruño. Por aquel entonces, varias pequeñas emisoras radiales lanzaban sus sonidos al éter buscando el éxito con propuestas novedosas. Pero no era cosa de llegar y triunfar. Tenía que demostrar que era bueno en el oficio y eso llevaba tiempo.

Y mientras tanto había que comer. Por eso buscó y encontró trabajo en la fábrica de refrescos Pepsi Cola. Poco a poco fue buscando contactos que lo acercaran a la radio hasta que logró poner los pies en Radio Cadena Suaritos, alternando con poetas y cultores del punto guajiro en un programa que comenzaba justo con el cañonazo: a las 9 pm.

(Continuará)


Por Linet Gordillo Guillama

Foto Archivo personal

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